DE LO bruto que he sido en el pasado ningún ejemplo mejor que la vez que Natalia, cuando se hallaba en mi antiguo piso Creta, tomó a la gata Lorca en sus brazos y, de pronto, plas, ¡le dio un beso! ¡Un beso a un gato! Me quedé muy impresionado, porque en Lauros en la vida vi que nadie le diera besos a los gatos: allí como mucho se les acaricia o se les deja que se te suban a las rodillas. ¡Cómo vas a besar a un gato, si se trata de un animal!

Pues bien: hoy es el día en que yo mismo doy besos a mis tres gatos, indicio indudable de hasta qué punto me estoy convirtiendo en alguien blando, sensiblero y descastado. Ya no queda casi traición que me quede por cometer: estoy seguro de que hasta acabaré teniendo amigos o algo peor.